un beso en esa frente de roca, y en esos labios tan severamente sellados bajo ella: pero aún no. No le hablaría todavía.
Bajó el único escalón y avanzó lenta y a tientas hacia el césped. ¿Dónde había quedado su paso audaz?
Luego se detuvo, como si no supiera hacia dónde girar. Levantó la mano y abrió los párpados; contempló con la mirada vacía y un esfuerzo tenso el cielo y el anfiteatro de árboles: uno comprendía que para él todo era una oscuridad vacía.
Estiró la mano derecha (el brazo izquierdo, el mutilado, lo mantenía oculto en el pecho); parecía desear formarse una idea por el tacto de lo que le rodeaba: no encontró sino la nada todavía, pues los árboles quedaban a unos metros de donde estaba.
Renunció al empeño, cruzó los brazos y se quedó quieto y mudo bajo la lluvia, que ahora caía con fuerza sobre su cabeza descubierta. En ese momento, John se le acercó por alguna parte.
—¿Me toma del brazo, caballero? —dijo—; se avecina un fuerte aguacero: ¿no haría mejor en entrar?
—Déjame en paz —fue la respuesta.
John se retiró sin haberme visto. El señor Rochester intentó entonces caminar: en vano—todo era demasiado inestable. A tientas encontró el camino de regreso a la casa y, al volver a entrar en ella, cerró la puerta.
Me acerqué entonces y llamé: la mujer de John me abrió. —Mary —le dije—, ¿cómo estás?
Ella dio un salto como si