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XVII

y las señoras traerán a sus doncellas y los caballeros a sus ayudantes de cámara; así que tendremos la casa llena”. Y la señora Fairfax se tragó el desayuno y se apresuró a marchar para comenzar las operaciones.

Los tres días fueron, como ella había pronosticado, bastante atareados. Había creído que todas las habitaciones de Thornfield estaban maravillosamente limpias y bien ordenadas; pero al parecer me equivoqué.

Se trajo a tres mujeres para ayudar; y semejante fregado, semejante cepillado, semejante lavado de pintura y vapuleo de alfombras, semejante descolgado y colgado de cuadros, semejante pulido de espejos y lámparas, semejante encendido de fuegos en los dormitorios, semejante oreo de sábanas y colchones de plumas en los hogares, no lo he presenciado jamás, ni antes ni después.

Adèle enloqueció por completo en medio de aquello: los preparativos para la compañía y la perspectiva de su llegada parecían sumirla en éxtasis. Quería que Sophie revisara todos sus «toilettes», como llamaba a los vestidos; que arreglara cualquiera que estuviera passée, y que aireara y dispusiera los nuevos. Por su parte, no hacía más que retozar por las habitaciones delanteras, saltar sobre los lechos y bajarse de ellos, y tumbarse en los colchones y los montones de rulos y almohadas ante los enormes fuegos que ardían rugientes en las chimeneas.

Fue eximida de sus deberes escolares: la señora Fairfax me reclutó para su servicio, y estuve todo el día en el almacén, ayudando (o estorbando) a ella y a la cocinera; aprendiendo a hacer natillas, tartas de queso y repostería francesa, a bridar caza y adornar los platos de los postres.

Se esperaba que la fiesta llegase el jueves por la tarde, a tiempo para la

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