Algunos dicen que hay placer en recordar experiencias dolorosas pasadas; pero a día de hoy apenas puedo soportar la revisión de los tiempos a los que aludo: la degradación moral, unida al sufrimiento físico, constituye un recuerdo demasiado angustioso como para detenerse en él de buen grado. No culpaba a ninguno de los que me rechazaban. Sentía que era lo de esperar y lo que no se podía evitar: * un mendigo corriente es con frecuencia objeto de sospecha; * un mendigo bien vestido, inevitablemente. Desde luego, lo que yo pedía era empleo; pero ¿de quién era la obligación de proporcionarme empleo? Ciertamente no de personas que me veían entonces por primera vez y que no sabían nada de mi carácter. Y en cuanto a la mujer que no quiso aceptar mi pañuelo a cambio de su pan, pues bien, tenía razón, si la oferta le parecía siniestra o el cambio poco rentable. Permítaseme abreviar ahora. Estoy
Un poco antes del anochecer pasé junto a una casa de campo, en cuya puerta abierta estaba sentado el granjero, comiendo su cena de pan y queso. Me detuve y dije:
—¿Me da un trozo de pan? Porque tengo mucha hambre.
Me dirigió una mirada de sorpresa; pero, sin responder, cortó una rebanada gruesa de su hogaza y me la dio. Imagino que no creyó que yo fuera una pordiosera, sino tan solo una especie de dama excéntrica a la que le había dado por antojarse de su pan Moreno.
Tan pronto como estuve fuera de la vista de su casa, me senté y me lo comí.