posible en un propósito tan honesto. Primero, pues, dígame qué ha estado acostumbrado a hacer y qué sabe hacer”.
Ya me había tomado el té. La bebida me había reconfortado enormemente; tanto como a un gigante el vino: infundió un nuevo vigor a mis debilitados nervios y me permitió dirigirme con firmeza a aquel perspicaz joven juez.
—Señor Rivers —dije, volviéndome hacia él y mirándolo tal como él me miraba, con franqueza y sin timidez—, usted y sus hermanas me han hecho un gran servicio, el mayor que un hombre puede hacer a su semejante; me han rescatado de la muerte mediante su noble hospitalidad. Este beneficio otorgado les concede un derecho ilimitado sobre mi gratitud y, hasta cierto punto, un derecho sobre mi confianza. Les contaré tanta historia de la errante a quien han acogido como pueda revelar sin comprometer mi propia tranquilidad de espíritu —mi propia seguridad, moral y física— ni la de los demás.