kilómetros, en los confines de otro condado; pero ¿qué era esa distancia para un amante apasionado? Para un jinete tan experto e infatigable como el señor Rochester, no sería más que un paseo matutino. Empecé a abrigar esperanzas que no tenía derecho a concebir: * que el enlace se había roto; * que el rumor había sido erróneo; * que uno de los dos, o ambos, habían cambiado de opinión. Solía mirar el rostro de mi amo para ver si estaba triste o fiero; pero no recordaba un momento en que hubiera estado tan uniformemente libre de nubes o malos sentimientos. Si en los ratos que mi alumna y yo pasábamos con él me faltaban ánimos y caía en un abatimiento inevitable, él se ponía aún más alegre. > Jamás me había llamado más frecuentemente a su presencia; jamás había sido más bueno conmigo estando allí y, ¡ay!, jamás
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