Sí; siento ahora que tenía razón cuando me mantuve fiel al principio y a la ley, y desdeñé y aplasté los impulsos dementes de un momento de frenesí. Dios me guio hacia la elección correcta: ¡agradezco Su providencia por tal guía!
Habiendo llevado mis meditaciones vespertinas hasta este punto, me levanté, fui a mi puerta y contemplé la puesta de sol del día de la cosecha y los apacibles campos frente a mi cabaña, la cual, junto con la escuela, distaba media milla de la aldea. Los aves entonaban sus últimos cánticos—
“El aire era templado, el rocío era bálsamo.”
Mientras miraba, me creí dichosa, y me sorprendí al cabo de poco tiempo llorando; ¿y por qué? Por el destino que me había arrancado de la compañía de mi amo; por aquel a quien ya no volvería a ver; por el dolor desesperado y la furia fatal —consecuencias de mi marcha— que ahora tal vez lo estuvieran arrastrando fuera del camino del bien, demasiado lejos como para abrigar la esperanza de un retorno definitivo a él. A este pensamiento, aparté la vista del hermoso cielo vespertino y del solitario valle de Morton —digo solitario porque en aquel recodo visible para mí no se veía más edificio que la iglesia y la casa rectoral, medio ocultas entre los árboles, y, ya en el extremo mismo, el tejado de Vale Hall, donde vivían el rico señor Oliver y su hija—. Escondí los ojos y apoyé la cabeza contra el dintel de piedra de mi puerta; pero pronto un leve ruido cerca de la puertecilla que separaba mi diminuto jardín del prado contiguo me hizo levantar la vista. Un perro —el viejo Carlo, el perdiguero del señor Rivers, como reconocí al instante— empujaba la verja con el hocico, y el propio St. John se apoyaba en ella con los brazos cruzados; el entrecejo fruncido, y la mirada, grave casi hasta la contrariedad, fija en mí. Le pedí que pasara.
—No, no puedo quedarme; solo le he traído un pequeño paquete que mis hermanas le dejaron. Creo que contiene una caja de colores, lápices y