través de él apareció el comedor, con su lámpara de araña encendida vertiendo luz sobre la plata y el cristal de un magnífico servicio de postre que cubría una larga mesa; un grupo de damas se detuvo en la abertura; entraron, y la cortina cayó tras ellas.
No eran más que ocho; sin embargo, de algún modo, al agolparse, daban la impresión de ser muchos más.
Algunas eran muy altas; muchas iban vestidas de blanco; y todas lucían una amplísima vestimenta que parecía magnificar sus personas como la niebla magnifica la luna.
Me levanté y les hice una reverencia: una o dos inclinaron la cabeza en respuesta, las demás se limitaron a mirarme fijamente.
Se dispersaron por la habitación, recordándome, por la ligereza y agilidad de sus movimientos, a una bandada de aves blancas y plumosas. * Algunas se arrojaron en posturas