escritorio, la pantalla y los hierros de la chimenea. Theodore, ¿te acuerdas de aquellos días alegres?”.
“Yaas, to be sure I do”, alargó lord Ingram; “y la pobre vieja solía gritar ‘¡Oh you villains childs!’—y luego le dábamos sermones sobre la presunción de intentar enseñar a unos chicos tan listos como nosotros, cuando ella misma era tan ignorante”.
“Así es; y, Tedo, ya sabes, te ayudé a procesar (o perseguir) a tu tutor, el descolorido señor Vining—el clérigo con la ronquera, como solíamos llamarlo. Él y la señorita Wilson se tomaron la libertad de enamorarse el uno del otro—al menos Tedo y yo lo supimos ver; sorprendimos varias miradas y suspiros tiernos que interpretamos como muestras de «la belle passion», y te prometo que el público no tardó en beneficiarse de nuestro descubrimiento; lo empleamos como una especie de palanca para sacar a