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XXVII

momento; sin embargo, me imaginé que tus pensamientos estaban en otra parte: pero fuiste muy paciente con ella, mi pequeña Jane; le hablaste y la entretuviste un buen rato.

Cuando al fin ella te dejó, caíste de inmediato en profunda ensoñación: te pusiste a recorrer lentamente la galería.

De vez en cuando, al pasar junto a un ventanal, mirabas hacia afuera la nieve que caía espesa; escuchabas el viento sollozante, y de nuevo proseguías el paso suavemente y soñabas.

Creo que aquellas visiones diurnas no eran oscuras: había en tus ojos una iluminación placentera de vez en cuando, una suave excitación en tu semblante, que no hablaban de cavilaciones amargas, biliosas o hipocondríacas; tu mirada revelaba más bien las dulces meditaciones de la juventud cuando su espíritu sigue con alas dispuestas el vuelo de la Esperanza hacia lo alto, hacia un cielo ideal.

La voz de la señora Fairfax,

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