recompensa —respondió—; sin él, tengo el corazón roto. Pero Jane me dará su amor: sí, de forma noble y generosa.
La sangre le subió a borbotones a la cara; brotó el fuego de sus ojos; se irguió de un salto; extendió los brazos; pero evité el abrazo y salí de la habitación al instante.
“¡Adiós!” fue el grito de mi corazón al dejarlo. La desesperación añadió: “¡Adiós para siempre!”.
Aquella noche nunca pensé en dormir; pero un sopor se apoderó de mí tan pronto como me acosté en la cama. Me vi transportada en pensamiento a las escenas de la infancia: soñé que yacía en la habitación roja de Gateshead; que la noche era oscura y mi mente estaba agobiada por extraños temores. La luz que hacía mucho tiempo me había sumido en un síncope, recordada en esta visión, parecía deslizarse por la pared y detenerse temblorosa en el