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Capítulo XXXIV

la que deseaba impregnarlo. Alfombras y cortinas nuevas, oscuras y elegantes, una disposición de adornos antiguos cuidadosamente seleccionados en porcelana y bronce, nuevas fundas, espejos y neceseres para los tocadores, cumplieron el objetivo: se veían frescos sin ser estridentes. Un salón y un dormitorio de invitados los amueblé por completo con caoba antigua y tapicería carmesí; puse lona en el pasillo y alfombras en las escaleras. Cuando todo estuvo terminado, consideré que Moor House era un modelo tan perfecto de brillante y modesta comodidad por dentro, como lo era, en esta estación, un ejemplo de yermo invernal y desolación desértica por fuera.

Por fin llegó el agitado jueves. Se les esperaba alrededor del anochecer, y antes del crepúsculo ya se habían encendido fuegos arriba y abajo; la cocina estaba impecable; Hannah y yo estábamos vestidas, y todo preparado.

San Juan llegó el primero. Yo le había suplicado que se mantuviera totalmente alejado de la casa hasta que todo estuviera arreglado; y, en verdad, la mera idea del alboroto, a la vez sórdido y trivial, que se desarrollaba entre sus paredes bastaba para ahuyentarle. Me encontró en la cocina, vigilando la cocción de unos pasteles para el té que se estaban horneando. Acercándose al hogar, preguntó «si al fin estaba satisfecha con el trabajo de criada». Respondí invitándole a acompañarme en una inspección general del resultado de mis fatigas. Con cierta dificultad, conseguí que hiciera un recorrido por la casa. Se limitó a mirar por las puertas que yo abría; y cuando hubo vagado arriba y abajo, dijo que debí de haber pasado por mucho cansancio y apuro para haber efectuado cambios tan considerables en tan poco tiempo; pero ni una sola sílaba pronunció que indicara agrado ante el

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