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XVI

sus jugarretas maliciosas; creí prudente mantenerme en

—Por el contrario —dijeron—, eché el cerrojo a mi puerta.

—¿Entonces no tiene la costumbre de echar el cerrojo a su puerta todas las noches antes de meterse en la cama?

“¡Demonio! ¡Quiere conocer mis hábitos para urdir sus planes en consecuencia!”. La indignación volvió a imponerse a la prudencia; repliqué con acidez: “Hasta ahora he omitido a menudo echar el cerrojo: no lo creía necesario. No sabía que hubiera que temer peligro o molestia alguna en Thornfield Hall; pero en el futuro” (y recalqué marcadamente las palabras) “tendré mucho cuidado de asegurarlo todo antes de atreverme a acostarme”.

—Haría bien en hacerlo —fue su respuesta—:

este vecindario es tan tranquilo como el que más, y nunca he oído que hayan intentado robar en la mansión desde que es casa, a pesar de haber vajilla por valor de cientos de libras en el cuarto de la plata, como es bien sabido. Y ya ve usted que, para ser una casa tan grande, hay muy pocos sirvientes, porque el amo nunca ha vivido mucho aquí; y cuando viene, al ser soltero, necesita que lo atiendan poco; pero siempre pienso que es mejor pecar de precavidos; una puerta se cierra pronto, y no está de más tener un cerrojo echado entre uno y cualquier mal que ande por ahí. Mucha gente, señorita, es partidaria de encomendarse por completo a la Providencia; pero yo digo que la Providencia no prescinde de los medios, aunque a menudo los bendice cuando se usan con sensatez.

Y aquí dio por terminada su perorata: larga para ella, y pronunciada con la formalidad de una cuáquera.

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