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XXVII

centro del techo oscurecido. Levanté la cabeza para mirar: el techo se desvanecía en nubes, altas y tenues; el resplandor era como el que la luna imparte a los vapores que está a punto de disipar. La vi venir —la miré con la más extraña expectación; como si alguna sentencia fatal fuera a escribirse en su disco—. Irrumpió como ninguna luna había brotado jamás de una nube: una mano penetró primero en los pliegues negros y los desvaneció con un ademán; luego, no una luna, sino una blanca forma humana brilló en el azur, inclinando una frente gloriosa hacia la tierra. Me miró fijamente una y otra vez. Le habló a mi espíritu: inmensamente distante era el tono, pero tan cercano, que me susurró en el corazón—

“Hija mía, huye de la tentación”.

“Madre, lo haré”.

Así respondí después de haberme despertado del sueño semejante a un trance. Aún

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