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XI

La habitación me pareció un lugar tan alegre y pequeño mientras el sol brillaba entre las alegres cortinas de chintz azul de la ventana, dejando ver paredes empapeladas y un suelo alfombrado, tan diferente de los tablones desnudos y el yeso manchado de Lowood, que mi ánimo se elevó al contemplarla.

Las apariencias externas ejercen un gran efecto en la juventud: pensé que comenzaba para mí una época más hermosa de la vida, una que habría de tener sus flores y placeres, así como sus espinas y fatigas.

Mis facultades, estimuladas por el cambio de escenario y el nuevo campo ofrecido a la esperanza, parecían todas en efervescencia. No puedo definir con precisión qué esperaban, pero era algo agradable: quizás no ese día ni ese mes, sino en un futuro indefinido.

Me levanté; me vestí con esmero: obligada a ir sencilla —pues no tenía ninguna prenda que no estuviese hecha con extrema simplicidad—, conservaba por naturaleza la inquietud por estar aseada. No era mi costumbre descuidar el aspecto ni mostrar indiferencia ante la impresión que causaba; por el contrario, siempre deseé tener el mejor aspecto posible y agradar tanto como mi falta de hermosura me lo permitiera. A veces lamentaba no ser más agraciada; a veces deseaba tener mejillas rosadas, una nariz recta y una pequeña boca de cereza; anhelaba ser alta, majestuosa y de figura esbelta; sentía como una desgracia ser tan baja, tan pálida y tener facciones tan irregulares y marcadas. ¿Y por qué tenía estas aspiraciones y estos arrepentimientos? Sería difícil decirlo; en aquel entonces no sabía explicármelo con claridad; sin embargo, tenía una razón, y además una razón lógica y natural. Con todo, cuando me hube cepillado muy liso el cabello y me puse mi vestido negro —el cual, por muy de cuáquera que fuera, al menos tenía el

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