—Tiene usted razón —dijo ella; y con estas palabras cada uno siguió su propio camino.
Como no tendré ocasión de volver a referirme ni a ella ni a su hermana, puedo mencionar aquí mismo que Georgiana hizo un matrimonio ventajoso con un hombre mundano, rico y gastado, y que Eliza tomó los hábitos y es hoy en día la superiora del convento donde pasó el periodo de su noviciado, y al que dotó con su fortuna.
Lo que la gente siente al regresar a casa tras una ausencia, larga o breve, yo no lo sabía: nunca había experimentado esa sensación.
Había sabido lo que era volver a Gateshead de niña tras un largo paseo, ser reñida por parecer fría o sombría; y más tarde, lo que era volver de la iglesia a Lowood, ansiando una comida abundante y un buen fuego, sin poder conseguir ninguna de las dos cosas.
Ninguno de estos regresos era muy placentero o deseable: ningún imán me atraía hacia un punto determinado, aumentando su fuerza de atracción cuanto más me acercaba. El regreso a Thornfield aún estaba por probar.
Mi viaje se antojaba tedioso —muy tedioso—: cincuenta millas un día, una noche pasada en una posada; cincuenta millas al día siguiente. Durante las primeras doce horas pensé en la señora Reed en sus últimos momentos; vi su rostro desfigurado y amoratado, y escuché su voz extrañamente alterada. Medité sobre el día del funeral, el ataúd, la carroza fúnebre, el negro cortejo de inquilinos y sirvientes —escaso era el número de parientes—, la bóveda abierta, la iglesia silenciosa, el solemne servicio. Luego pensé en Eliza y Georgiana; contemplé a la una siendo el centro de atención de un salón de baile, a la otra siendo la reclusa de una