Miré con timorata alegría hacia una casa imponente: vi una ruina ennegrecida.
¡No había necesidad de acobardarse tras el poste de una verja, en efecto!, ¡ni de mirar furtivamente hacia los ventanucos de las habitaciones, temiendo que la vida se agitara tras ellos! ¡No había necesidad de escuchar si se abrían puertas, ni de imaginar pasos en el pavimento o en el sendero de grava! El césped y los jardines estaban pisoteados y abandonados; el portal se abría con un vacío bostezante. La fachada era, tal como la había visto una vez en un sueño, tan solo un muro semejante a un pozo, muy alto y de aspecto muy frágil, perforado por ventanas sin cristales: sin techo, sin almenas, sin chimeneas; todo se había venido abajo.
Y había en torno a aquello el silencio de la muerte: la soledad de un paraje agreste y solitario. Con razón las cartas dirigidas a la gente de aquí jamás habían recibido respuesta: tanto valía despachar epístolas a una cripta en el pasillo de una iglesia.
La lúgubre negrura de las piedras revelaba por qué sino había caído la mansión: por conflagración; mas, ¿cómo se había encendido? ¿Qué historia pertenecía a este desastre? ¿Qué pérdida, además de argamasa, mármol y carpintería, había sobrevenido a consecuencia de aquello? ¿Se habían arruinado vidas además de propiedades? De ser así, ¿de quiénes?
Terrible pregunta: no había nadie aquí para responderla ni una sola señal muda, ni un mudo vestigio.
Al deambular por los muros destrozados y a través del interior devastado, reuní indicios de que la calamidad no había ocurrido recientemente. Las nieves del invierno, pensé, habían entrado a la deriva por aquel arco vacío, las lluvias invernales habían azotado aquellos ventanales huecos; pues, entre los montones de escombros empapados, la primavera había