hecho en la escuela de Morton, y dijo que solo temía, por lo que veía y oía, que yo era demasiado buena para el puesto y que pronto lo dejaría por uno más adecuado.
—En efecto —exclamó Rosamond—, es lo suficientemente lista para ser institutriz en una familia de alta alcurnia, papá.
Creí que prefería con mucho estar donde estaba antes que en cualquier familia encumbrada del país. El señor Oliver habló de don St. John Rivers —de la familia Rivers— con gran respeto. Dijo que era un apellido muy antiguo en aquella vecindad; que los antepasados de la casa habían sido adinerados; que todo Morton les había pertenecido en otro tiempo; que aun ahora consideraba que el representante de esa casa podría, si quisiera, entablar alianza con lo mejor de la sociedad. Consideraba una lástima que un joven tan distinguido y talentoso hubiera concebido el propósito de marchar como misionero; equivalía por completo a desperdiciar una vida valiosa. Parecía, pues, que su padre no pondría ningún obstáculo en el camino de la unión de Rosamond con St. John. El señor Oliver consideraba evidentemente el buen linaje, el apellido abolengo y la sagrada profesión del joven clérigo como compensación suficiente ante la falta de fortuna.
Era el 5 de noviembre y día festivo. Mi pequeña criada, después de ayudarme a limpiar la casa, se había marchado, muy satisfecha con la propina de un penique por su ayuda. Todo a mi alrededor estaba impecable y brillante: suelo fregado, chimenea abrillantada y sillas bien lustradas. Yo también me había aseado, y ahora tenía la tarde por delante para gastarla como quisiera.
La traducción de unas pocas páginas de alemán me ocupó una hora; luego tomé mi paleta y mis lápices, y me entregué a la labor más relajante, por ser más fácil, de terminar la miniatura de Rosamond Oliver. La cabeza estaba terminada ya: solo faltaba dar tono al fondo y sombrear los ropajes; un toque de carmín también para añadir a los labios