con firmeza toda tentación que la incline a mirar atrás: siga su actual camino con constancia, al menos durante unos meses.
—Es lo que me propongo hacer —contesté. St. John prosiguió—
Es una labor ardua dominar los mecanismos de la inclinación y torcer el curso de la naturaleza; pero sé por experiencia que se puede lograr. Dios nos ha dado, en cierta medida, el poder de forjar nuestro propio destino; y cuando nuestras energías parecen demandar un sustento que no pueden obtener —cuando nuestra voluntad se esmera en pos de un sendero que no debemos seguir—, no necesitamos perecer de inanición ni quedarnos inmóviles en la desesperación: no tenemos más que buscar para la mente otro alimento, tan fuerte como el fruto prohibido que anhelaba saborear —y tal vez más puro—, y abrir a pulso para el pie aventurero un camino tan directo y ancho como el que la Fortuna nos ha bloqueado, aunque resulte más escabroso que aquel.
“Hace un año yo mismo era inmensamente desgraciado, porque creía haber cometido un error al entrar en el ministerio: sus uniformes obligaciones me fatigaban hasta la muerte. Ansiaba la vida más activa del mundo—las fatigas más emocionantes de una carrera literaria—el destino de un artista, autor, orador; cualquier cosa antes que la de un sacerdote: sí, el corazón de un político, de un soldado, de un devoto de la gloria, de un amante de la fama, de un codiciador del poder, latía bajo mi sobrepelliz de vicario. Reflexioné; mi vida era tan miserable que debía cambiar o debía morir. Tras una temporada de oscuridad y lucha, la luz se abrió paso y el alivio descendió: mi existencia encorsetada se extendió de repente en una llanura sin límites—mis facultades escucharon una llamada del cielo para alzarse, reunir toda su fuerza, desplegar sus alas y elevarse más allá de la vista. Dios tenía un encargo para mí; para llevarlo lejos, para cumplirlo bien, la habilidad y la fuerza, el valor y la elocuencia, las mejores cualidades de soldado, estadista y orador, eran todas necesarias: pues todas ellas se concentran en el buen misionero.