aterrador; lo demás podía soportarlo; pero me estremecía ante la idea de que Grace Poole irrumpiera contra mí.
Debo mantenerme en mi puesto, sin embargo. Debo vigilar este rostro espantoso—estos labios azules e inmóviles a los que se prohíbe abrirse—estos ojos ahora cerrados, ahora abiertos, ahora errando por la habitación, ahora fijándose en mí, y siempre vidriados por la torpeza del horror. Debo sumergir mi mano una y otra vez en la jofaina de sangre y agua, y limpiar la sangre que gotea. Debo ver la luz de la vela sin despabilar languidecer sobre mi tarea; las sombras oscurecerse en el laborioso tapiz antiguo que me rodea, y volverse negras bajo los cortinajes de la vasta y vieja cama, y temblar extrañamente sobre las puertas de un gran armario enfrente—cuya fachada, dividida en doce paneles, mostraba, en sombrío diseño, las cabezas de los doce apóstoles, cada una encerrada en su propio panel como en un marco; mientras arriba, en la cima, se alzaba un crucifijo de ébano y un Cristo moribundo.
Según la oscuridad cambiante y el destello titilante se detenían aquí o brillaban allá, ora era el barbudo médico, Lucas, el que fruncía el ceño; ora la larga cabellera de San Juan la que se ondulaba; y de pronto el rostro demoníaco de Judas, que surgía del panel, pareciendo cobrar vida y amenazar con revelar al architraidor —al mismísimo Satanás— bajo la forma de su subordinado.
En medio de todo esto, tenía que escuchar tanto como observar: estar al acecho de los movimientos