campanillas, bajo los hongos y debajo de la hiedra terrestre que cubría los rincones de los viejos muros, al fin me había hecho a la triste idea de que todos se habían marchado de Inglaterra a algún país salvaje donde los bosques fuesen más silvestres y espesos, y la población más escasa; mientras que, al ser Lilliput y Brobdignag, según mi credo, partes sólidas de la superficie terrestre, no dudaba de que algún día, emprendiendo un largo viaje, podría ver con mis propios ojos los pequeños campos, casas y árboles, la gente diminuta, las vacas, ovejas y pájaros diminutos de un reino; y los campos de maíz altos como bosques, los poderosos mastodontes, los gatos monstruosos, los hombres y mujeres semejantes a torres, del otro.
Sin embargo, cuando este querido volumen fue colocado ahora en mis manos —cuando pasé sus hojas y busqué en sus maravillosas ilustraciones el encanto que, hasta entonces, nunca había dejado de encontrar—, todo era siniestro y desolador; los gigantes eran duendes desgarbados, los pigmeos, endriagos malévolos y temibles, y Gulliver, un vagabundo de lo más desolado en regiones de lo más temible y peligroso. Cerré el libro, que ya no osaba seguir leyendo, y lo puse sobre la mesa, al lado de la tarta sin probar.
Bessie había terminado ya de quitar el polvo y ordenar la habitación, y tras lavarse las manos, abrió un cierto cajón pequeño, lleno de espléndidos retazos de seda y satén, y comenzó a hacer un sombrero nuevo para la muñeca de Georgiana. Mientras tanto cantaba; su canción era:—
“En los días en que andábamos de gitanos, Hace mucho tiempo.”
A menudo había oído la canción antes, y siempre con vivo deleite; pues Bessie tenía una voz dulce —al menos, eso me parecía a mí. Pero ahora, aunque su voz seguía siendo dulce, hallé en su melodía una tristeza