palabra asociada a ropa harapienta, comida escasa, hogares sin fuego, modales groseros y vicios degradantes: la pobreza para mí era sinónimo de degradación.
“No; no me gustaría pertenecer a la gente pobre”, fue mi respuesta.
“¿Ni siquiera si fueran amables contigo?”
Negué con la cabeza: no alcanzaba a comprender cómo la gente pobre tenía los medios para ser amable; y luego aprender a hablar como ellos, adoptar sus modales, no tener educación, crecer como una de esas mujeres pobres a quienes a veces veía amamantando a sus hijos o lavando la ropa en las puertas de las cabañas de la aldea de Gateshead: no, no era lo suficientemente heroica como para comprar la libertad al precio de la casta.