le había tomado la mano con amabilidad y le había dado un beso.
Amy y Louisa Eshton habían exclamado al unísono: «¡Qué encanto de criatura!».
Y luego la habían llamado para que se sentara en un sofá, donde ahora se encontraba, instalada entre ambas, parloteando alternativamente en francés y en un inglés chapurreado; acaparando no solo la atención de las señoritas, sino también la de la señora Eshton y la de Lady Lynn, y dejándose malcriar a más no poder.
Por fin traen el café, y se convoca a los caballeros. Me siento a la sombra—si es que hay alguna sombra en este apartamento brillantemente iluminado; la cortina de la ventana me oculta a medias. De nuevo el arco bosteza; ellos vienen. El aspecto colectivo de los caballeros, al igual que el de las damas, es muy imponente: van todos ataviados de