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nydus/Jane EyrePublic
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Capítulo XXV

El mes del noviazgo se había consumido: sus últimas horas estaban siendo contadas. No había forma de posponer el día que se acercaba, el día de la boda, y todos los preparativos para su llegada estaban listos. Yo, al menos, ya no tenía nada más que hacer: ahí estaban mis baúles, empacados, cerrados con llave, atados con cuerdas, alineados contra la pared de mi pequeña habitación; mañana, a esta hora, estarían muy lejos en su camino a Londres: y yo también (D. v.)⁠—o más bien, no yo, sino una tal Jane Rochester, una persona a quien aún no conocía.

Solo faltaba clavar las tarjetas de dirección: yacían, cuatro cuadritos, en el cajón. El propio Mr. Rochester había escrito la dirección: «Mrs. Rochester, Hotel ⸻, Londres», en cada una; no pude persuadirme de fijarlas, ni de hacer que las fijaran.

¡Mrs. Rochester! Ella no existía: no nacería hasta mañana, en algún momento después de las ocho de la mañana; y esperaría a tener la seguridad de que había venido al mundo con vida antes de asignarle toda esa propiedad.

Bastaba con que en el armario de allá enfrente, junto a mi tocador, unas prendas que decían ser suyas ya hubieran desplazado mi vestido negro de estameña de Lowood y mi sombrero de paja: pues no a mí pertenecía aquel traje nupcial; el vestido color perla, el vaporoso velo pendiente del usurpado baúl. Cerré el armario para ocultar las extrañas prendas, parecidas a un espectro, que contenía; las cuales, a esta hora vespertina —las nueve en punto—, despedían sin duda un brillo fantasmal en la penumbra de mi aposento.

—Te dejaré a solas, blanco sueño —dije—. Estoy afiebrado: oigo soplar el viento: saldré al aire libre para sentirlo.

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