a la India a una chica de diecinueve, a menos que esté casada Conmigo? ¿Cómo vamos a estar siempre juntos —a veces en soledades, a veces entre tribus salvajes— sin estar casados?”.
—Muy bien —dije seca y cortante—; dadas las circunstancias, tan bien como si fuera realmente tu hermana, o un hombre y un clérigo como tú.
“Se sabe que no eres mi hermana; no puedo presentarte como tal: intentarlo sería atraer sospechas maliciosas sobre ambos. Y por lo demás, aunque tienes el cerebro vigoroso de un hombre, tienes el corazón de una mujer y—no funcionaría”.
—Serviría —afirmé con cierto desdén—, perfectamente. Tengo corazón de mujer, pero no en lo que a ti respecta; para ti solo tengo la constancia de un camarada; la franqueza, fidelidad y fraternidad de un compañero de armas, si quieres; el respeto y la sumisión de un neófito hacia su hierofante: nada más; no temas.
—Es lo que quiero —dijo, hablándose a sí mismo—; es exactamente lo que quiero. Y hay obstáculos en el camino: hay que derribarílos. Jane, no te arrepentirías de casarte conmigo; ten la seguridad de eso; debemos casarnos. Lo repito: no hay otro modo; y sin duda el amor suficiente surgiría tras el matrimonio para hacer que la unión sea correcta aun a tus ojos.
—Desprecio tu idea del amor —no pude evitar decir, mientras me levantaba y me ponía ante él, apoyando la espalda en la roca—. Desprecio el falso sentimiento que me ofreces: sí, St. John, y te desprecio a ti cuando me lo ofreces.
Me miró fijamente, apretando mientras lo hacía sus bien cortados labios. Si estaba indignado, o sorprendido, o qué, no era fácil de averiguar: dominaba su rostro a la perfección.
—Apenas esperaba oír