que hablaba con un criado en el vestíbulo, te despertó: ¡y qué con una sonrisa tan extraña te sonreíste a ti misma y de ti misma, Janet! Había mucha sensatez en tu sonrisa: era muy astuta y parecía restarle importancia a tu propia abstracción. Parecía decir: «Mis bellas visiones están muy bien, pero no debo olvidar que son absolutamente irreales. Llevo un cielo rosado y un Edén verde y florido en el cerebro; pero sé perfectamente que fuera, a mis pies, se extiende un áspero camino que transitar, y a mi alrededor se agrupan negras tempestades que afrontar».
Bajaste corriendo y le exigiste a la señora Fairfax alguna ocupación: las cuentas semanales de la casa para poner al día, o algo por el estilo, creo que era. Me molestó que te fueras de mi vista.
“Con impaciencia aguardé la llegada de la noche, hora en que podría hacer que comparecieseis ante mí. Sospechaba que poseíais un carácter insólito —para mí—, enteramente nuevo: deseaba profundizar en él y conocerlo mejor. Entrasteis en la estancia con un aspecto y un aire a la vez tímidos e independientes; ibais extrañadamente vestida, casi como ahora. Os hice hablar: antes de mucho os hallé llena de extraños contrastes. Vuestra indumentaria y vuestros modales se ceñían a las normas; vuestro aire era a menudo circunspecto y, en conjunto, el de alguien refinado por naturaleza, pero totalmente desacostumbrado al mundo y bastante temeroso de descollar desfavorablemente por algún solecismo o metedura de pata; sin embargo, al dirigiros la palabra, alzabais una mirada aguda, audaz y encendida hacia el rostro de vuestro interlocutor; había penetración y fuerza en cada una de vuestras ojeadas; cuando se os acosaba a preguntas cerradas, dabanle pronto respuestas sensatas. Muy pronto pareció que os habituabais a mí: creo que sentisteis la existencia