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Capítulo XXXIII

corazón para ti con facilidad y naturalidad, como mi tercera y más joven hermana.

“Gracias: con eso me basta por esta noche. Ahora harás mejor en irte; pues si te quedas más tiempo, tal vez vuelvas a irritarme con algún escrúpulo desconfiado”.

—¿Y la escuela, señorita Eyre? Supongo que ahora habrá que cerrarla, ¿no?

“No. Conservaré mi puesto de ama hasta que consiga una sustituta”.

Sonrió con aprobación: nos dimos la mano y se despidió.

No necesito narrar en detalle las luchas posteriores que tuve, ni los argumentos que empleé, para lograr que los asuntos referentes a la herencia quedaran arreglados como deseaba. Mi tarea fue muy difícil; pero, como estaba absolutamente decidida —como mis primos vieron al fin que mi mente estaba firme e inmutablemente empeñada en hacer una división justa de la propiedad—, como en lo más hondo de sus corazones debían de sentir la equidad de la intención y, además, debían de tener la íntima conciencia de que en mi lugar habrían hecho exactamente lo que yo deseaba hacer, al fin cedieron hasta el punto de consentir en someter el asunto a arbitraje. Los jueces elegidos fueron el señor Oliver y un hábil abogado: ambos coincidieron con mi opinión; salí con la mía. Se redactaron los documentos de traspaso: St. John, Diana, Mary y yo, cada uno pasamos a poseer una suma suficiente.

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