pulsaciones. Opiniones preconcebidas, determinaciones de antemano tomadas, son todo lo que me queda en esta hora a lo que aferrarme: ahí planto firme mi pie».
Lo hice. El señor Rochester, al leer mi rostro, comprendió que así había sido. Su furia llegó al colmo: tuvo que ceder a ella por un momento, viniera lo que viniese; cruzó la habitación, me agarró del brazo y me ciñó la cintura. Parecía devorarme con su mirada llameante: físicamente, sentí en ese instante que era tan impotente como la paja expuesta a la corriente y al fulgor de un horno; mentalmente, aún conservaba mi alma y, con ella, la certeza de una salvación definitiva. El alma tiene por fortuna un intérprete —a menudo inconsciente, pero aun así veraz— en la mirada. Mi vista se alzó hacia la suya y, mientras miraba su rostro feroz, Ianzué un suspiro involuntario; su presa era dolorosa, y mis fuerzas sobrecargadas estaban casi agotadas.
—Jamás —dijo, mientras rechinaba los dientes—, jamás hubo nada a la vez tan frágil y tan indomable. ¡Una mera caña se siente en mi mano! (Y me sacudió con la fuerza de su agarre). —Podría doblarla con mi pulgar y mi índice: ¿y de qué serviría si la doblara, si la arrancara de raíz, si la aplastara? Considera ese ojo: considera la cosa resuelta, salvaje y libre que asoma por él, desafiándome, con algo más que valor, con un triunfo severo. Haga lo que haga con su jaula, no puedo alcanzarla... ¡la criatura salvaje y hermosa! Si destrozo, si desgarro la leve prisión, mi ultraje solo dejará libre a la cautiva. Podré ser conquistador de la casa; pero la inquilina escaparía al cielo antes de poder llamarme dueño de su morada de arcilla. Y es a ti, espíritu —con voluntad y energía, con