un trago puro. Vi renacer la esperanza y sentí que la regeneración era posible. Desde un arco florecido al fondo de mi jardín contemplé el mar, más azul que el cielo: el viejo mundo estaba al otro lado; así se abrieron claros horizontes:—
—«Ve —dijo la Esperanza— y vuelve a vivir en Europa: allí no se sabe qué nombre tan mancilloso llevas, ni qué inmunda carga va atada a ti. Puedes llevarte a la maníaca a Inglaterra; confínala con la debida asistencia y precauciones en Thornfield; viaja luego tú al clima que quieras y forma los nuevos lazos que te plazcan. Esa mujer, que tanto ha abusado de tu paciencia, que tanto ha mancillado tu nombre, que tanto ha ultrajado tu honor, que tanto ha agostado tu juventud, no es tu esposa, ni tú eres su marido. Procura que se la atienda como su condición exige, y habrás hecho todo lo que Dios y la humanidad exigen de ti. Deja que su identidad, su vínculo contigo, queden sepultados en el olvido: no estás obligado a revelárselos a ningún ser viviente. Colócala en un lugar seguro y cómodo; oculta su degradación bajo el secreto y vete».
“Actué exactamente siguiendo esta sugerencia. Mi padre y mi hermano no habían dado a conocer mi matrimonio a sus conocidos; porque, en la misma primera carta que les escribí para noticiarles la unión —habiendo empezado ya a experimentar un desagrado extremo por sus consecuencias y, por el carácter y la constitución de la familia, viendo abrirse ante mí un porvenir espantoso—, añadí el encargo urgente de mantenerlo en secreto; y muy pronto la conducta infame de la esposa que mi padre me había elegido fue tal que le hizo sonrojarse al reconocerla como su nuera. Lejos de desear publicar el vínculo, se mostró tan