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Capítulo XXX

Pero además de sus frecuentes ausencias, había otro obstáculo para la amistad con él: parecía de una naturaleza reservada, abstraída y hasta taciturna.

Celoso en sus labores ministeriales, irreprochable en su vida y sus costumbres, no parecía disfrutar, sin embargo, de esa serenidad mental, de ese contentamiento interior que debería ser la recompensa de todo cristiano sincero y filántropo práctico.

A menudo, por la tarde, cuando se sentaba junto a la ventana, con su escritorio y sus papeles ante él, dejaba de leer o escribir, apoyaba la barbilla en la mano y se entregaba a no sé qué curso de pensamientos; pero que este era perturbado e inquietante se podía advertir en el parpadeo frecuente y la dilatación cambiante de sus ojos.

Creo, además, que la Naturaleza no era para él ese tesoro de deleite que era para sus hermanas. Expresó una vez, y solo una que yo oyera, un fuerte sentido del áspero encanto de las colinas, y un afecto innato por el techo oscuro y los muros venerables que llamaba su hogar; pero había más de melancolía que de placer en el tono y las palabras con que manifestó tal sentimiento; y jamás pareció vagar por los páramos en busca de su silencioso consuelo, ni buscó ni se detuvo nunca en los mil pacíficos deleites que estos podían brindarle.

Por poco comunicativo que fuera, transcurrió algún tiempo antes de que tuviera la oportunidad de calibrar su mente. Me hice una idea de su calibre la primera vez que le oí predicar en su propia iglesia de Morton. Ojalá pudiera describir aquel sermón: pero está fuera de mi alcance. Ni siquiera puedo reproducir fielmente el efecto que produjo en mí.

Comenzó con calma⁠—y, en verdad, en lo que respecta a la entonación y al tono de voz, estuvo calmado hasta el final: un fervor hondamente sentido, pero estrictamente contenido, pronto alentó en los acentos claros y dio pie al lenguaje nervioso. Esto fue cobrando fuerza⁠—comprimida, condensada, controlada.

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