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XXI

que me guiaran a la bien conocida habitación, a la que tantas veces me habían mandado en otros tiempos para castigarme o reprenderme. Me adelanté a Bessie; abrí la puerta con suavidad: una luz tenue reposaba sobre la mesa, pues ya estaba oscureciendo. Ahí estaba la gran cama con dosel y cortinajes de color ámbar como antaño; allí el tocador, el sillón y el escabel, junto al cual me habían condenado cien veces a hincar las rodillas para pedir perdón por faltas que yo no había cometido. Miré hacia un cierto rincón cercano, medio esperando ver la silueta esbelta de una vara antes temida que solía acechar allí, lista para saltar como un diablillo y azotar mi palma temblorosa o mi cuello encogido. Me acerqué a la cama; corrí las cortinas y me ineliné sobre las almohadas amontonadas.

Bien recordaba el rostro de la señora Reed, y busqué con impaciencia la imagen familiar. Es una suerte que el tiempo aquiete los anhelos de venganza y acalle los impulsos de la rabia y la aversión. Había dejado a esta mujer con amargura y odio, y ahora volvía a ella sin más emoción que una especie de compasión por sus grandes sufrimientos, y un fuerte anhelo de olvidar y perdonar todas las ofensas, de reconciliarme y estrechar las manos en señal de amistad.

El conocido rostro estaba allí: severo, implacable como siempre; ahí estaba esa mirada peculiar que nada podía derretir, y la ceja algo levantada, imperiosa, despótica. ¡Cuántas veces se había fruncido sobre mí con amenaza y odio! ¡Y cómo revivía el recuerdo de los terrores y dolores de la infancia al trazar ahora su

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