Le agradecí su considerado gesto y, como la verdad es que me sentía fatigada por el largo viaje, le manifesté mi deseo de retirarse a descansar. Tomó su vela y la seguí fuera de la estancia.
Primero fue a ver si la puerta del vestíbulo estaba asegurada; tras quitar la llave de la cerradura, abrió camino hacia el piso superior.
- Los escalones y la barandilla eran de roble;
- la ventana de la escalera era alta y de celosía;
- tanto esta como la larga galería a la que daban las puertas de los dormitorios parecía pertenecer a una iglesia más que a una casa.
Un aire muy frío y parecido al de una cripta impregnaba las escalera y la galería, sugiriendo sombrías ideas de espacio y soledad; y me alegró, al ser finalmente introducida en mi aposento, ver que era de reducidas dimensiones y estaba amueblado al estilo moderno y corriente.
Cuando la señora Fairfax me hubo dado las buenas noches con amabilidad, y hube cerrado la puerta con pestillo, miré a mi alrededor con calma y disipé en cierta medida la siniestra impresión que me habían causado aquel amplio pasillo, aquella escalera oscura y espaciosa, y aquella galería larga y fría, gracias al aspecto más alegre de mi pequeña habitación, recordé que, tras un día de fatiga física y ansiedad mental, me encontraba por fin en un puerto seguro.
El impulso de la gratitud se hinchó en mi pecho, y me arrodillé junto a la cama y di gracias a quien correspondía; sin olvidar, antes de levantarme, implorar ayuda para el resto de mi camino y la capacidad de merecer la bondad que parecía ofrecérseme con tanta franqueza antes de haberla ganado.
Mi lecho no tuvo espinas aquella noche; mi habitación solitaria, ningún temor. Cansada y contenta a la vez, no tardé en dormir profunda y plácidamente: cuando desperté, ya era de día.