Me incorporé en la cama con el fin de despertar dicho cerebro: era una noche gélida; me cubrí los hombros con un chal y luego procedí a pensar de nuevo con todas mis fuerzas.
“¿Qué es lo que quiero? Un nuevo lugar, en una casa nueva, entre rostros nuevos, bajo circunstancias nuevas: quiero esto porque de nada sirve querer algo mejor. ¿Cómo le hace la gente para conseguir un nuevo lugar? Supongo que recurriendo a amigos: yo no tengo amigos. Hay muchos otros que no tienen amigos, que deben buscar por su cuenta y ser sus propios ayudantes; ¿y cuál es su recurso?”
No supe qué decir: nada me respondió; ordené entonces a mi cerebro que encontrara una respuesta, y rápido. Trabajó y trabajó con mayor rapidez: sentí los latidos pulsar en mi cabeza y en las sienes; pero durante casi una hora trabajó en el caos; y de sus esfuerzos no surgió ningún resultado. Febril por la inútil labor, me levanté y di una vuelta por la habitación; descorrí la cortina, observé un par de estrellas, temblé de frío y volví a meterme en la cama.
Un hada bondadosa, en mi ausencia, sin duda había dejado la sugerencia requerida sobre mi almohada; pues al acostarme, vino a mi mente de forma silenciosa y natural: «Los que buscan empleo se anuncian; tú debes anunciarte en el —shire Herald».
“¿Cómo? No sé nada de publicidad”.
Las respuestas surgieron fluidas y prontas ahora:—
“Debe incluir el anuncio y el dinero para pagarlo en un sobre dirigido al director del Herald; debe echarlo, en la primera oportunidad que tenga, al buzón de correos en Lowton; las respuestas deben dirigirse a J. E., en la oficina de correos de allí; puede ir a averiguar una semana más o menos después de enviar su carta, si ha llegado alguna, y proceder en consecuencia”.