reyes tronos de Judá e Israel; y que pronuncia una verdad tan profunda, con un poder tan profético y vital, y un talante tan intrépido y atrevido. ¿Es admirado en las altas esferas el satirista de Vanity Fair? No sabría decirlo; pero creo que si algunos de aquellos contra quienes arroja el fuego griego de su sarcasmo, y sobre quienes hace destellar el rayo fulminante de su denuncia, tomaran a tiempo sus advertencias, ellos o su descendencia aún podrían escapar a un fatídico Ramot de Galaad.
¿Por qué he aludido a este hombre? Le he aludido, lector, porque creo ver en él un intelecto más profundo y singular de lo que sus contemporáneos han reconocido aún; porque lo considero el primer regenerador social de la actualidad —como al auténtico maestro de ese cuerpo de trabajadores que querría devolver la rectitud al torcido sistema de las cosas—; porque creo que ningún comentador de sus escritos ha hallado todavía la comparación que le cuadra, ni los términos que caracterizan justamente su talento. Dicen que es como Fielding: hablan de su agudeza, de su humor, de sus facultades cómicas. Se parece a Fielding tanto como un águila a un buitre: Fielding podía descender sobre la carroña, pero Thackeray nunca lo hace. Su ingenio es brillante, su humor atractivo, pero ambos guardan con su genio serio la misma relación que el simple relámpago fosforescente que centellea bajo el borde de la nube de verano guarda con la chispa eléctrica mortal oculta en su seno. Por último, he aludido al señor Thackeray porque a él —si acepta el tributo de un perfecto desconocido— he dedicado esta segunda edición de Jane Eyre.
Currer Bell.
21 de diciembre de 1847.