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XX

oído después del grito, y las palabras que se habían pronunciado, probablemente solo los había oído yo; pues provenían de la habitación situada encima de la mía: pero me aseguraban que no era el sueño de un criado lo que así había sembrado el horror en la casa; y que la explicación que el señor Rochester había dado era meramente una invención urdida para calmar a sus invitados. Me vestí, pues, para estar preparada ante cualquier imprevisto. Una vez vestida, me senté un buen rato junto a la ventana, contemplando los terrenos silenciosos y los campos bañados en plata, y esperando no sé qué. Me parecía que algún acontecimiento debía seguir al extraño grito, forcejeo y llamada.

No: la quietud regresó; cada murmullo y cada movimiento cesaron gradualmente,

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