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XXVIII

había dos vacas con su boyero. La vida humana y el trabajo humano estaban cerca. Debía seguir luchando: esforzarme por vivir y doblegarme a la fatiga como los demás.

Hacia las dos de la tarde entré en el pueblo. Al final de su única calle había una pequeña tienda con unos bollos de pan en el escaparate. Codicié un bollo de pan. Con ese refrigerio tal vez podría recuperar algo de energía: sin él, sería difícil continuar. El deseo de tener algo de fuerza y de vigor volvió a mí tan pronto como me encontré entre mis semejantes. Sentí que sería degradante desfallecer de hambre en la calzada de una pequeña aldea. ¿No llevaba encima nada que pudiera ofrecer a cambio de uno de aquellos panecillos? Reflexioné. Llevaba un pequeño pañuelo de seda atado al cuello; llevaba mis guantes. Difícilmente sabía cómo procedían

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