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Capítulo XXVI

—¿Cómo lo sabes?

“Tengo un testigo de este hecho, cuyo testimonio apenas podrá usted rebatir, caballero”.

“Preséntalo⁠—o vete al infierno.”

“Lo presentaré a él primero; está aquí mismo. Sr. Mason, tenga la bondad de dar un paso adelante”.

Mr. Rochester, al oír el nombre, apretó los dientes; experimentó también una especie de fuerte temblor convulsivo; tan cerca como estaba de él, sentí correr por su cuerpo el movimiento espasmódico de la furia o la desesperación. El segundo desconocido, que hasta entonces se había quedado rezagado en un segundo plano, se acercó ahora; un rostro pálido se asomó por encima del hombro del notario⁠—sí, era el propio Mason. Mr. Rochester se giró y lo miró con furia. Su ojo, como he dicho a menudo, era un ojo negro: tenía ahora una luz leonada, qué digo, sanguinolenta en su oscuridad; y su rostro se sonrojó⁠—la mejilla aceitunada y la frente incolora recibieron un fulgor como de un fuego brotado del corazón que se extendía y ascendía⁠—; y se movió, levantó su fuerte brazo⁠—habría podido golpear a Mason, arrojarlo contra el suelo de la iglesia, sacarle la vida del cuerpo con un golpe despiadado⁠—, pero Mason se encogió y exclamó débilmente: «¡Dios santo!». El desprecio cayó como un chorro de agua fría sobre Mr. Rochester⁠—su pasión murió como si una plaga la hubiera marchitado⁠—: tan solo preguntó⁠—: «¿Qué tiene usted que decir?».

Una respuesta inaudible escapó de los pálidos labios de Mason.

“Que me lleve el diablo si no sabes responder con claridad. Vuelvo a exigirlo: ¿qué tienes que decir?”

“Señor—señor —interrumpió el clérigo—, no olvide que se encuentra en un lugar sagrado”. Luego, dirigiéndose a Mason, preguntó con suavidad:

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