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auxiliado en el desempeño de sus deberes por caballeros de criterio más amplio y compasivo: su cargo de inspector, asimismo, fue compartido por aquellos que sabían combinar la razón con la severidad, el bienestar con la economía, la compasión con la rectitud. La escuela, así mejorada, se convirtió con el tiempo en una institución verdaderamente útil y noble. Permanecí entre sus muros, tras su regeneración, durante ocho años: seis como alumna y dos como maestra; y en ambas capacidades doy testimonio de su valor y su importancia.

Durante estos ocho años mi vida fue uniforme; pero no infeliz, porque no era inactiva.

Los medios para una excelente educación se pusieron a mi alcance; el gusto por algunos de mis estudios y el deseo de sobresalir en todos, junto con un gran placer en complacer a mis maestros, especialmente a aquellos a quienes amaba, me impulsaron a seguir adelante: aproveché plenamente las ventajas que se me ofrecieron.

Con el tiempo llegué a ser la primera niña de la primera clase; luego se me investió con el cargo de maestra, el cual desempeñé con celo durante dos años; pero al cabo de ese tiempo cambié.

Miss Temple, a través de todos los cambios, había continuado hasta entonces como directora del internado: a sus enseñanzas debía la mejor parte de mis conocimientos; su amistad y su compañía habían sido mi consuelo continuo; ella me había hecho las veces de madre, institutriz y, últimamente, de compañera.

Por entonces se casó, se mudó con su esposo (un clérigo, un hombre excelente, casi digno de semejante mujer) a un condado lejano y, por consiguiente, la perdí.

Desde el día en que se fue ya no volví a ser la misma: con ella se había ido todo sentimiento de estabilidad, toda asociación que había hecho de

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