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XVIII

alrededor de la cintura; un pañuelo bordado anudado a las sienes; sus brazos de bellas formas desnudos, uno de ellos en alto sosteniendo una jarra, equilibrada con gracia sobre su cabeza. Tanto su complexión como sus facciones, su tez y su aire general sugerían la idea de alguna princesa israelita de los días patriarcales; y tal era sin duda el personaje que pretendía representar.

Se acercó a la fuente y se inclinó sobre ella como para llenar su cántaro; volvió a levantárselo a la cabeza. El personaje que estaba junto al brocal pareció entonces dirigirle la palabra; hacerle alguna petición: «Ella se dio prisa, y bajó su cántaro sobre su mano, y le dio de beber». De entre los pliegues de su túnica sacó entonces un cofre, lo abrió y le mostró magníficos brazaletes y zarcillos; ella escenificó asombro y admiración; arrodillado, él depositó el tesoro a sus pies; la incredulidad y el deleite se reflejaron en su semblante y en sus gestos; el forastero abrochó los brazaletes en los brazos de ella y le colocó los pendientes en las orejas. Eran Eliezer y Rebeca: solo faltaban los camellos.

Los adivinos volvieron a juntar las cabezas: al parecer no lograban ponerse de acuerdo sobre la palabra o sílaba que la escena ilustraba. El coronel Dent, su portavoz, pidió «el cuadro completo», tras lo cual el telón volvió a bajar.

A su tercera subida, solo una porción del salón quedó al descubierto; el resto estaba oculto por un biombo, colgado con algún tipo de cortinaje oscuro y basto. La pila de mármol había sido retirada; en su lugar, se encontraba una mesa de pino y una silla de cocina: estos objetos eran visibles gracias a una luz muy tenue que provenía de un farol de cuerno, pues las velas de cera estaban todas apagadas.

En medio de esta escena sórdida, sentado se encontraba un hombre con las manos apretadas sobre las rodillas y la mirada clavada en el suelo. Yo conocía al señor Rochester; aunque la cara tiznada, las ropas descompuestas (llevaba el abrigo colgando flojo de un brazo, como si casi

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