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IX

agua; una proeza que yo realizaba descalza. La piedra era lo suficientemente ancha como para acomodar, cómodamente, a otra niña y a mí, por entonces mi compañera predilecta: una tal Mary Ann Wilson; un personaje perspicaz y observador, cuya compañía me complacía, en parte porque era ingeniosa y original, y en parte porque tenía una manera de ser que me hacía sentir a mis anchas. Unos años mayor que yo, conocía más el mundo y podía contarme muchas cosas que me gustaba oír; con ella mi curiosidad encontraba satisfacción: a mis defectos también les concedía amplia indulgencia, sin imponer freno ni rienda a nada de lo que decía. Ella tenía dotes para la narración, yo para el análisis; a ella le gustaba informar, a mí preguntar; así que nos llevábamos de maravilla, sacando gran entretenimiento, si no mucha mejora, de nuestro trato mutuo.

¿Y dónde, entretanto, estaba Helen Burns? ¿Por qué no pasé con ella estos dulces días de libertad? ¿La había olvidado? ¿O era yo tan vil como para haberme cansado de su pura compañía?

Sin duda, la Mary Ann Wilson que he mencionado era inferior a mi primera conocida: solo sabía contarme historias divertidas y corresponder a cualquier chisme picante y mordaz en el que quisiera incurrir; mientras que, si he dicho la verdad sobre Helen, ella estaba capacitada para ofrecer a quienes disfrutaban del privilegio de su trato una muestra de cosas muy superiores.

Es verdad, lector; y yo lo sabía y lo sentía: y aunque soy un ser imperfecto, con muchos defectos y pocos puntos redentores, jamás me cansé de Helen Burns; ni cesé de abrigar por ella un sentimiento de afecto tan fuerte, tierno y respetuoso como cualquiera de los que jamás hayan animado mi corazón. ¿Cómo podría ser de otro modo, cuando Helen, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, me demostró una amistad tranquila y fiel que ni el mal humor agriaba ni la irritación perturbaba jamás?

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