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XV

Apenas sé si había dormido o no tras esta meditación; en cualquier caso, me desperté de golpe al oír un murmullo vago, peculiar y lúgubre, que sonaba, según creí, justo encima de mí.

Ojalá hubiera dejado la vela encendida: la noche era tristemente oscura; mi ánimo estaba deprimido.

Me incorporé y me senté en la cama, escuchando. El sonido calló.

Volví a intentar dormir; pero mi corazón latía con angustia: mi tranquilidad interior se había roto. El reloj, muy abajo en el vestíbulo, dio las dos.

En ese momento pareció que tocaban la puerta de mi habitación; como si unos dedos hubieran rozado los paneles al tantear el camino a lo largo del pasillo oscuro.

Dije: «¿Quién está ahí?».

Nada respondió. Me heló el miedo.

De repente recordé que podría ser Pilot, el cual, cuando por casualidad dejaban abierta la puerta de la cocina, con no poca frecuencia llegaba hasta el umbral de la habitación del señor Rochester; yo misma lo había visto tendido allí por las mañanas.

La idea me calmó un poco: me volví a acostar.

El silencio serena los nervios; y como de nuevo reinaba un silencio absoluto en toda la casa, comencé a sentir el regreso del sopor.

Pero no estaba predestinado que yo durmiera esa noche. Apenas un sueño se había acercado a mi oído, cuando huyó espantado, asustado por un incidente lo suficientemente helamédulas.

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