sus fuegos ardieran un poco más intensamente, para suplir, en cierta medida, el lugar de las velas, aún no introducidas—; el crepúsculo rojizo, el alboroto permitido, la confusión de muchas voces brindaban a uno una bienvenida sensación de libertad.
En la tarde del día en que había visto a la señorita Scatcherd azotar a su alumna, Burns, deambulé como de costumbre entre los pupitres, las mesas y los grupos risueños sin compañía, aunque sin sentirme sola: al pasar junto a las ventanas, levantaba de vez en vez un estor y miraba afuera; nevaba con fuerza, un ventisquero empezaba ya a formarse contra los cristales inferiores; pegando la oreja a la ventana, podía distinguir, por encima del jubiloso tumulto del interior, el desconsolado lamento del viento en el exterior.
Probablemente, si recientemente hubiera dejado un buen hogar y a unos padres cariñosos, esta habría sido la hora en que con mayor intensidad habría lamentado la separación; ¡aquel viento habría entristecido entonces mi corazón; este oscuro caos habría perturbado mi paz!
tal como estaban las cosas, obtuve de ambos una extraña excitación, y temeraria y febril, deseaba que el viento aullara con más furia, que la penumbra se profundizara hasta hacerse oscuridad y que la confusión ascendiera hasta convertirse en estrépito.
Saltando por encima de los bancos y reptando bajo las mesas, me abrí paso hasta una de las chimeneas; allí, arrodillada junto al alto guardafuego de alambre, encontré a Burns, absorta, silenciosa, ajena a todo lo que la rodeaba por la compañía de un libro, que leía a la débil luz de las ascuas.
—¿Sigues con Rasselas? —le pregunté, acercándome por detrás.
—Sí —dijo ella—, y acabo de terminarlo.
Y cinco minutos más tarde lo cerró. Me alegré de aquello.