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XVI

tu propia maldita insensatez! A ninguna mujer le hace bien ser alagada por su superior, quien no puede tener la menor intención de casarse con ella; y es una locura en todas las mujeres permitir que un amor secreto se encienda en su interior, el cual, de no ser correspondido y ser desconocido, debe devorar la vida que lo alimenta; y, de ser descubierto y correspondido, debe conducir, a modo de fuego fatuo, a pantanos fangosos de los cuales no hay escapatoria.

—Escucha, pues, Jane Eyre, tu sentencia: mañana, colócate ante el espejo y dibuja con tiza tu propio retrato, fielmente, sin suavizar ni un solo defecto; no omitas ninguna línea dura, no alises ninguna irregularidad desagradable; escribe debajo: «Retrato de una institutriz, aislada, pobre y fea».

“Después, toma una pieza de marfil liso —tienes una preparada en tu caja de dibujo—; toma tu paleta, mezcla tus tintes más frescos, finos y claros; elige tus pinceles de pelo de camello más delicados; delinea con cuidado el rostro más encantador que puedas imaginar; píntalo con tus

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