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XVI

atrevía a culparla abiertamente del atentado, y mucho menos a castigarla por ello.

Si Grace hubiera sido joven y hermosa, me habría sentido tentada a pensar que sentimientos más tiernos que la prudencia o el miedo influían en el señor Rochester en su favor; pero, dura de rostro y matronal como era, la idea no podía admitirse.

«Sin embargo —reflexioné—, ha sido joven alguna vez; su juventud habría coincidido con la de su amo; la señora Fairfax me dijo una vez que había vivido aquí muchos años. No creo que haya podido ser bonita jamás; pero, por lo que sé, puede poseer originalidad y fuerza de carácter para compensar la falta de atractivos personales. El señor Rochester es un aficionado a lo decidido y excéntrico; Grace es excéntrica al menos. ¿Y si un capricho anterior (un capricho muy posible para una naturaleza tan brusca y terca como la suya) la ha entregado a su poder, y ella ejerce ahora sobre sus acciones una influencia secreta, fruto de su propia indiscreción, de la que no puede librarse ni osa desatender?».

Pero, habiendo llegado a este punto de conjetura, la figura cuadrada y plana de la señora Poole, y su rostro desagradable, seco, e incluso basto, acudieron de forma tan nítida a los ojos de mi imaginación, que pensé: «No; ¡imposible!; mi suposición no puede ser correcta. Sin embargo —sugirió la voz secreta que nos habla en el fondo del corazón—, tú tampoco eres hermosa, y tal vez el señor Rochester te apruebe; al menos, a menudo has sentido como si lo hiciera; y anoche, ¡recuerda sus palabras; recuerda su mirada; recuerda su voz!».

Recordaba bien todo; el lenguaje, la mirada y el tono parecieron renovarse vívidamente en aquel momento. Me encontraba ahora en la

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