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II

—La señorita Jane gritó muy fuerte, señora —suplicó Bessie.

—Déjala ir —fue la única respuesta.

—Suelta la mano de Bessie, niña: te aseguro que no lograrás salir por estos medios. Aborrezco el artificio, particularmente en los niños; es mi deber demostrarte que las artimañas no sirven de nada: te quedarás aquí una hora más, y solo bajo la condición de una sumisión y una quietud perfectas te liberaré entonces.

—¡Oh, tía! ¡Tenga piedad! ¡Perdóneme! No lo soporto... ¡permítame que me castigue de otra manera! Me van a matar si...

“¡Silencio! Toda esta violencia es de lo más repugnante”; y así, sin duda, lo sentía ella. Yo era una actriz precoz a sus ojos; me consideraba sinceramente una mezcla de pasiones virulentas, bajeza de espíritu y peligrosa duplicidad.

Habiendo retrocedido Bessie y Abbot, la señora Reed, impaciente ante mi angustia ya frenética y mis salvajes sollozos, me empujó bruscamente hacia atrás y me encerró con llave, sin más preámbulos. Oí cómo se alejada con paso majestuoso; y poco después de que se fue, supongo que me dio una especie de ataque: la inconsciencia cerró la escena.

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