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II

Esta habitación era fría, porque rara vez tenía fuego; era silenciosa, porque estaba alejada de la guardería y de la cocina; solemne, porque se sabía que muy pocas veces se entraba en ella.

La criada sola venía aquí los sábados para limpiar de los espejos y de los muebles el polvo silencioso de una semana; y la propia señora Reed, a largos intervalos, la visitaba para revisar el contenido de cierto cajón secreto del ropero, donde se guardaban diversos pergaminos, su cofrecillo de joyas y una miniatura de su difunto esposo; y en esas últimas palabras radica el secreto del cuarto rojo⁠—el hechizo que lo mantenía tan solitario a pesar de su grandeza.

Mr. Reed había muerto hacía nueve años: en esta estancia dio su último suspiro; aquí estuvo expuesto de cuerpo presente; de aquí fue trasladado su ataúd por los hombres de la funeraria; y, desde aquel día, un sentimiento de lúgubre consagración lo había protegido de intrusiones frecuentes.

Mi asiento, al que Bessie y la amargada señorita Abbot me habían dejado encadenada, era una otomana baja cerca de la chimenea de mármol; la cama se alzaba frente a mí; a mi mano derecha estaba el ropero alto y oscuro, con reflejos tenues y quebrados que variaban el brillo de sus paneles; a mi izquierda se encontraban las ventanas empañadas; un gran espejo entre ellas repetía la vacía majestad de la cama y de la habitación. No estaba del todo segura de si habían cerrado la puerta con llave; y cuando me atreví a moverme, me levanté a comprobarlo. ¡Ay, sí!: ninguna cárcel jamás fue más segura. Al regresar, tuve que pasar por delante del espejo; mi mirada fascinada exploró involuntariamente la profundidad que revelaba. Todo parecía más frío y oscuro en aquel hueco visionario que en la realidad; y la extraña y pequeña figura que me miraba desde allí, con la cara y los brazos blancos moteando la penumbra, y unos ojos brillantes de miedo

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