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X. Un alma gemela

También había notado que Queequeg no confraternizaba en absoluto, o muy poco, con los otros marineros en la posada. No tomaba ninguna iniciativa; parecía no tener ningún deseo de ampliar el círculo de sus amistades.

Todo esto me pareció sumamente singular; sin embargo, pensándolo bien, había en ello algo casi sublime.

He aquí un hombre a unas veinte mil millas de su hogar, bordeando el Cabo de Hornos, es decir —que era la única forma en que podía llegar hasta allí—, arrojado entre gente tan extraña para él como si estuviera en el planeta Júpiter; y, sin embargo, parecía completamente a sus anchas; conservando la más absoluta serenidad; contento en su propia compañía; siempre fiel a sí mismo.

Ciertamente, esto era un destello de fina filosofía; aunque sin duda él jamás había oído decir que existiera tal cosa.

Pero tal vez, para ser verdaderos filósofos, los mortales no deberíamos ser conscientes de vivir ni de esforzarnos así.

Tan pronto como oigo que este o aquel hombre se da aires de filósofo, deduzco que, al igual que la anciana dispéptica, debe de habérsele «roto el digestor».

Mientras estaba sentado allí en aquella habitación ya solitaria; el fuego consumiéndose lentamente, en esa apacible etapa en la que, tras haber calentado el aire con su intensidad inicial, ahora solo brilla para ser contemplado; las sombras y los fantasmas del atardecer acumulándose alrededor de los ventanales y atisbándonos a los dos, silenciosos y solitarios; la tormenta resonando afuera con solemnes oleadas; comencé a experimentar extraños sentimientos. Sentí que algo se derretía en mí. Mi corazón destrozado y mi mano enloquecida ya no se volvían contra el mundo lobuno. Este salvaje

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