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CII

pronto se me acabó el hilo; y siguiéndolo de regreso, salí por la abertura por donde había entrado. No vi criatura viviente alguna en su interior; no había allí más que huesos.

Cortando una vara verde de medir, me sumergí una vez más dentro del esqueleto. Desde su saetera en el cráneo, los sacerdotes me vieron tomando la altitud de la costilla final: «¡Cómo ahora!», gritaron; «¡Te atreves a medir a este nuestro dios! Eso nos toca a nosotros».

«Sí, sacerdotes⁠—bueno, ¿de qué largo lo calculan ustedes, entonces?».

Pero a esto siguió una feroz disputa entre ellos acerca de pies y pulgadas; se rompieron los cascos unos a otros con sus varas de medir⁠—el gran cráneo resonó⁠— y, aprovechando esa oportuna ocasión, concluí rápidamente mis propias mediciones.

Estas medidas me propongo exponerles ahora. Pero antes, quede constancia de que, en este asunto, no tengo libertad para dar ninguna medida imaginaria que me plazca. Porque existen autoridades esqueléticas a las que pueden remitirse para comprobar mi exactitud.

  • Hay un Museo Leviatánico, según me han dicho, en Hull, Inglaterra, uno de los puertos balleneros de ese país, donde tienen algunos buenos especímenes de rorcuales y otras ballenas.
  • Asimismo, he oído que en el museo de Manchester, en Nuevo Hampshire, tienen lo que los propietarios llaman «el único espécimen perfecto de una ballena de Groenlandia o de río en los Estados Unidos».
  • Además, en un lugar de Yorkshire, Inglaterra, llamado Burton Constable, un tal sir Clifford Constable posee el esqueleto de un cachalote, pero de tamaño moderado, que de ningún modo alcanza la magnitud adulta del de mi amigo el rey Tranquo.

En ambos casos, las ballenas varadas a las que pertenecían estos dos esqueletos fueron reclamadas originalmente por sus propietarios

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