La sotana
Si hubierais subido a bordo del Pequod en un momento dado de esta autopsia de la ballena; y si os hubierais paseado hacia la proa, cerca del molinete, bien seguro estoy de que habríais examinado con no poca curiosidad un objeto muy extrańo y enigmático que habríais visto allí, tendido a lo largo en el imbornal de sotavento.
Ni la maravillosa cisterna en la enorme cabeza de la ballena; ni el prodigio de su mandíbula inferior desarticulada; ni el milagro de su cola simétrica; ninguno de estos os habría sorprendido tanto como un rápido vistazo a ese cono inescrutable —más largo que un hombre de Kentucky, de casi un pie de diámetro en la base y negro como el azabache de Yojo, el ídolo de ébano de Queequeg.
Y un ídolo es, en verdad; o, más bien, en los viejos tiempos, su semejanza lo fue. Semejante ídolo al hallado en los bosques secretos de la reina Maachah en Judea; y por cuya adoración el rey Asa, su hijo, la depuso, destruyó el ídolo y lo quemó por abominación junto al arroyo de Cedrón, tal como se relata oscuramente en el capítulo 15 del primer libro de los Reyes.
Mirad al marinero, llamado el picador, que ahora se acerca y, ayudado por dos aliados, carga pesadamente con el grandissimus, como lo llaman los marineros, y con los hombros encorvados, se aleja tambaleándose con él como si fuera un granadero que lleva a un compañero muerto del campo de batalla. Extendiéndolo sobre la cubierta del foque, procede ahora a quitarle cilíndricamente la oscura piel, como un cazador africano la