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LI. El surtidor fantasmal

mares que allí se encuentran; cuando el Pequod, de colmillos de marfil, se inclinó bruscamente ante la ráfaga y embistió las oscuras olas en su locura, hasta que, como chubascos de astillas de plata, los copos de espuma volaron sobre sus bordas; entonces toda esta vacua desolación de la vida se desvaneció, pero dio paso a visiones más sombrías que antes.

Cerca de nuestra proa, extrañas formas en el agua se daban prisa de aquí para allá ante nosotros; mientras que, densos en nuestra popa, volaban los inescrutables cuervos marinos.

Y cada mañana, posados en nuestros estays, se veían filas de estas aves; y a pesar de nuestros gritos, durante mucho tiempo se aferraron con terquedad al cáñamo, como si consideraran nuestro barco alguna embarcación a la deriva y deshabitada; una cosa destinada a la desolación y, por tanto, idóneo lugar de reposo para sus seres sin hogar.

Y se alzaba y se alzaba, aún sin descanso se alzaba el mar negro, como si sus vastas mareas fueran una conciencia; y el gran alma mundana estuviera en angustia y remordimiento por el largo pecado y sufrimiento que había engendrado.

Cabo de Buena Esperanza, ¿así os llamáis? Más bien Cabo Tormentoso, como fue llamado antaño; pues largamente alucinados por los pérfidos silencios que antes nos habían acompañado, nos vimos lanzados a este mar atormentado, donde seres culpables transformados en aquellas aves y estos peces, parecían condenados a nadar eternamente sin puerto alguno de llegada, o a batir aquel aire negro sin horizonte alguno.

Pero sereno, niveo e inmutable; dirigiendo aún su surtidor de plumas hacia el cielo; llamándonos aún desde adelante, el surtidor solitario se divisaba a veces.

Durante toda esta negrura de los elementos, Ahab, aunque asumió por entonces el mando casi continuo de la cubierta empapada y peligrosa,

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