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IX. El Sermón

«"Soy hebreo", clama, y luego: "¡Temo al Señor, el Dios del Cielo, que hizo el mar y la tierra firme!". ¿Le temes, oh Jonás? ¡Sí, bien podías temer entonces al Señor Dios! Acto seguido, pasa a hacer una confesión completa; ante lo cual los marineros se sienten cada vez más horrorizados, pero siguen mostrando compasión. Pues cuando Jonás, aún sin suplicar misericordia a Dios, ya que conocía demasiado bien la negrura de sus merecimientos —cuando el desdichado Jonás les grita que lo tomen y lo arrojen al mar, pues sabía que por su culpa se había desatado aquella gran tempestad—, ellos se apartan de él piadosamente e intentan salvar el barco por otros medios. Pero todo en vano; el vendaval indignado aúlla con más fuerza; entonces, con una mano alzada en súplica a Dios, con la otra se apoderan de Jonás no sin cierta reticencia.»

“Y ahora he aquí a Jonás tomado como ancla y arrojado al mar; cuando al instante una calma aceitosa surge del este, y el mar se aquieta, mientras Jonás se lleva la tormenta consigo, dejando aguas mansas a su paso. Se hunde en el corazón

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